Hace unos años el Padre Lucho Cordero se fue a almorzar al self -service del restaurante Sears Roebuck en Lima, Perú y por ahí rondaba un niñito de unos 10 años, de esos que venden loterías y cosas.
El niño al verlo se acerco y le dijo “Maestro, maestro,¿me como su lechuga?”. El Padre Lucho que estaba con muchísimos problemas en la mente salió bruscamente de su contemplación y cayó a la realidad.
Sin pensarlo dos veces el Padre le dijo al niño que fuera al self service y se pidiera un menú completo; como el empleado no quiso servirle, tuvo el Padre que levantarse y acompañarlo para que le sirvieran.
Inmediatamente el niño llevó su azafate con su comida a una mesa y el Padre Lucho volvió a su sitio para seguir comiendo; luego quiso invitar al niño a su mesa, pero el Padre quedo perplejo al no ver ni rastro del chico. El niño había salido a la calle y regresó con cinco chicos para comer juntos su menú.
El Padre Lucho me dijo entonces “jamás podré olvidar ese incidente”. Eso cambió completamente su vida. Mientras comía con los niños les preguntó donde estaban sus padres, si iban a la escuela y que estaban haciendo en Sears.
Poco a poco los niños contaron su propia historia y dijeron que sus familias eran pobres, que muchos venían de la sierra y que los papás los enviaban la calle en lugar de ir a la escuela para cuidar carros, limpiarlos, vender globos, chiclets, y otras cosas, por esos sitios llevándoles el dinero a sus padres.
Decían que algunas veces cuando el día “era bueno” se compraban algunos caramelos o galletas para engañar al estómago antes de llegar a casa. El Padre entonces decidió hacer “algo” con estos chicos.
Ese “algo” fue creciendo en los años que vinieron después. |